Tengo un té helado entre mis manos, delicioso. Le doy vueltas, distraída,
mientras me hablas de tu día a día, tal baile, tal coreografía. La luz es tenue
y se desvanece cada vez más. En un intento de llevarle la contraria al día que
muere, tú voz aumenta su entusiasmo, se hace fuerte y dominante. Al pobre silencio
no le queda más alternativa que esconderse y esperar su momento. Me he sacado esto, he mejorado aquello. ¿Soy
abstracto?
Como si fuera una pompa de jabón, me elevo sin moverme de mi silla. Mis
manos siguen rodeando el té, mis labios siguen esbozando la misma sonrisa amable,
incluso mis ojos siguen fijos en los tuyos. Pero mis pies sienten la hierba fresca
haciéndoles cosquillas. Y echo a correr, descalza y libre. Todo parece florecer
de pronto. El prado se llena de color y el verde intenso pasa a poblarse de
tonos rosas, malvas, azules y amarillos. Las flores crecen, o yo me hago
pequeña.
Un relámpago y un trueno se alían y le arrebatan el trono a la armonía.
Llueve. Y levanto la vista al cielo para ser parte de la lluvia. ¡Si todo fuera
tan cristalino como la lluvia!
Me dejo llevar y bailo. Deseo poder ser como esas chicas esbeltas y
elegantes que parecen ser una parte más de la música, como si sus delicados
pasos estuvieran escritos en la partitura, sobre el pentagrama, compartiendo
las cinco líneas con las corcheas. Sobre mis pies descalzos aparece una fina
tela de raso y un par de cintas rosadas me suben por la pierna. Un violín se
apodera de mi cuerpo y lo mueve por mí, a su antojo. Lo consigo. Por un
instante soy una de esas chicas esbeltas y elegantes que durante tanto tiempo
han sido fruto de mi más secreta envidia, protagonistas silenciosas de mis
anhelos.
Un aullido quiebra la solemne interpretación de mi violinista invisible y
la jauría de lobos se abalanza sobre mí. Corro asustada. Las flores muestran su
lado oscuro y se marchitan a mi paso, dejando crecer entre ellas árboles
siniestros. Estoy rodeada de sombras que me confunden. No sé dónde ir. Los
lobos me persiguen, siento su aliento justo en mi espalda. Pánico. Y una mano
salvadora me eleva por los aires. Siento que la velocidad me alborota el pelo.
Quiero saber que ocurre, pero ¿me atreveré a abrir los ojos? Sí. No. Sí. No. Sí.
Sí. ¡Sí!
Entonces dices mi nombre y mi mundo se desvanece.
- ¿En qué pensabas?
- ¿Yo? En nada.

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