Una vez me dijeron que la literatura
no es más que saber extraer la belleza de cada momento y conseguir
transmitirla. Es algo así como leer entre líneas lo que la vida ofrece, captar
sus indirectas. Porque el mundo irradia belleza pero es necesario mirar con
unos ojos que no tenemos en la cara para vislumbrarla.
Un día cualquiera vería un sol
radiante, que se oculta dejando a su paso un estallido de colores. Las colinas
se vuelven doradas y el manto frío de la noche comienza a cubrirnos. Nos
arropa. Nos arropamos. La niebla se tiende poco a poco, enredándose con los
últimos rayos de sol. Se confunden, incluso juegan. Y nuestras pupilas quieren
jugar con ellos, ebrias de su resplandor. Allá, a lo lejos, donde la noche aún
no ha conquistado el cielo, se distinguen las siluetas de dos pajarillos
perdidos, que acaban por fundirse en la inmensidad del azul. Poco a poco, las
luces se van encendiendo y titilan. Nos envuelve el más absoluto de los
silencios y cerramos los ojos.
Ante esa visión del mundo, no queda
más que reconocer un pequeño atisbo de alma de artista.
Pero hoy, por no tener, no tengo ni
alma.
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