Ocho añitos. Rizos, pero no de oro. Ojitos claros y perspicaces. Le gustaban el chocolate y los perros. Lo primero se lo comía, lo segundo no. Tenía que escribir con letra bonita y cuando una “a” salía un poquito torcida, arrancaba la hoja. Un adjetivo que se escuchaba mucho al describirla era el de organizada, pero su cuarto era un desastre. Nunca dejaba libros a medias y cuando leía se entregaba, dejando volar su imaginación y formando parte de las vidas de los personajes. Jugaba con paraguas y toallas y dormía en un colchón de peluches. Le declaró la guerra a las coles y salió ganando; en cambio, con las espinacas no hubo suerte. Su papá firmó un decreto prometiéndole una chocolatina pero nunca lo cumplió y años después apareció ese papelito en el bolsillo de un abrigo olvidado. Cuando iba a la feria se montaba en los ponis, indiscutiblemente. Sonreía. Siempre. Y leyó su primer cuento con dos añitos, sujetando el libro del revés. Traviesa y revoltosa. Ha roto muchos vasos en su vida… y jarrones… y espejos (pero sin mala suerte). No sé donde estará esa niña ahora, pero por lo que me han contado, le siguen gustando el chocolate y los perros. Lo primero se lo come y lo segundo, no.
martes, 28 de junio de 2011
martes, 14 de junio de 2011
05:46 PM
Elena duerme la siesta y sueña que es capaz de volar. Se ve a ella misma sobrevolando el mar enfurecido en una noche de tormenta en la que extrañamente brilla el sol. ¿Incoherente? ¿Acaso no es un sueño?
En la otra punta del mundo, Mike salta desde un acantilado y se zambulle en el mar. Los tres segundos de caída libre le parecen horas. Cree convertirse en pájaro. Siente que puede batir las alas con fuerza y volar. La piel de gallina, y una melodía en su cabeza.
Dulces notas de guitarra. Un poco más al norte, Robin toca la guitarra. Las yemas de sus dedos acarician las cuerdas, suave, pianissimo. Es melancólico y quien la escucha piensa que está triste, pero lo que no saben es que ella se ha enamorado.
En la base naval de la Bahía de Guantánamo, el teniente Suarez corre hacia su esposa. Su último abrazo es un recuerdo lejano de hace un año. No ve a nadie más que a ella, sus amigos están allí para darle la bienvenida pero ellos no tienen los ojos negros y grandes ni se llaman Tania. Quiere besarla pero antes deja que sus ojos se empapen de ella. ¡Qué guapa es!
- ¡Es preciosa! – La doctora Ruiz envuelve un pequeño cuerpecito blanco que llora sin parar. La mamá, adormilada, sonríe. ¡Claro que es preciosa! Es su bebé.
Japón. Yan gatea y descubre un gran reto para sus pequeñas y torpes piernas. El escalón es casi más alto que él pero, valiente, se levanta y con esfuerzo, consigue subirlo. Su mamá lo observa desde la cocina y grita pensando que se va a caer. El chiquillo no entiende nada pero está orgulloso: ha subido un escalón.
En Oriente, pero no tan al este, cae una bomba. En las trincheras, sucios, cansados y destrozados, dos soldados ven como su mejor amigo salta por los aires. Un impulso de valentía les hace correr para salvar su vida. Al menos, aun queda algo de humanidad entre los escombros.
Pierre observa como demuelen su casa; donde nació él, donde creció con sus hermanos, donde vivió con su esposa, donde enseñó a leer a sus hijos, donde jugó con sus nietos. Entre el polvo de los escombros se vislumbra lo más alto de la Torre Eiffel. Ciertamente, París es la cuidad del amor… pero éste tiene también una cara cruel.
Lucrezia llora amargamente. El humo de su cigarro sube, creando formas caprichosas, que se le antojan burlonas, como sus compañeros de la facultad. Es necesario endulzar la crueldad de la vida. ¿Por qué no un helado de la “Gelateria Antollini”?
Walter observa los ojos grandes y tristes del niño que hay tras el mostrador. No tendrá más de diez años y su mirada dice que ya pasa los cuarenta. El heladero se conmueve y le regala un cono de chocolate al pequeño que, sorprendido, sonríe y vuelve a tener, por unos minutos, diez añitos.
Miriam, sopla las velas entusiasmada. ¡Hoy es su décimo cumpleaños! Ya es mayor. Ahora tendrá que escribir dos cifras en vez de una. Obviamente, ya es mayor.
…Y tan solo es un instante.